
Hoy hemos cerrado nuestra experiencia en Cracovia con un día vivido con calma, como piden los finales que quieren quedarse.
Por la mañana hemos visitado con tiempo la Catedral de Wawel, construida entre 1320 y 1364. En la nave central destaca el sepulcro de san Estanislao, y el recorrido por las capillas y los mausoleos de los reyes nos ha ayudado a comprender mejor el peso histórico y espiritual de este lugar. Hemos bajado de nuevo a la cripta, donde descansan y donde el lunes pudimos celebrar la Misa: volver allí ha sido una manera sencilla y muy clara de cerrar el círculo del viaje.

Uno de los momentos más especiales del día, y de todo el viaje, ha sido la subida a la torre donde cuelga la Campana de Segismundo. La subida exige paciencia: escaleras estrechas, estructuras de madera y peldaños con siglos de historia que obligan a ir despacio. Arriba, la campana impresiona por su tamaño y por lo que representa. Fundida en 1520, solo suena en ocasiones verdaderamente importantes para Polonia: grandes celebraciones nacionales, momentos clave para la Iglesia o acontecimientos históricos. Estar tan cerca de ella, en silencio, ayuda a entender por qué es uno de los grandes símbolos del país.

Desde lo alto, la vista panorámica de Cracovia nevada ha sido espectacular. La ciudad, el castillo, el río… todo parecía distinto desde allí arriba. Un momento para mirar, guardar silencio y tomar conciencia de lo vivido estos días.
Después ha habido espacio para algo mucho más sencillo y ya tradición en nuestro viaje: una batalla de bolas de nieve en el entorno del castillo y un paseo tranquilo por las orillas del Vístula, disfrutando del paisaje y del grupo, ya sin prisas.

Por la tarde nos hemos acercado a la Residencia Universitaria Barbacan, donde nos han acogido con gran amabilidad. En el oratorio, D. Javier ha celebrado para el grupo la Misa de despedida, un momento de agradecimiento para poner en orden todo lo vivido estos días.

Todavía ha quedado tiempo para las últimas compras, una cena tranquila y las conversaciones finales, esas en las que se mezclan recuerdos, risas y cansancio.
Mucho frío. Un viaje intenso, compartido, lleno de momentos que recordaremos con inmenso cariño. Mañana toca madrugar. Cuando el avión despegue hacia Múnich todavía no habrá amanecido en Polonia.
