En algunas de las instituciones educativas más prestigiosas del mundo existe una idea profundamente arraigada: quienes han formado parte de ellas pueden seguir contribuyendo a su misión mucho después de haber abandonado sus aulas a través del fundraising.
Oxford cuenta con una tradición filantrópica de siglos. Antiguos alumnos, amigos y benefactores han contribuido históricamente a impulsar becas, investigación, programas académicos, puestos docentes e instalaciones.
Stanford transmite a sus alumni una idea especialmente sugerente: muchas de las oportunidades que disfrutaron como estudiantes fueron posibles gracias a la generosidad de quienes les precedieron. Cada generación recibe algo que otra ayudó a construir y tiene después la oportunidad de hacer lo mismo por la siguiente.
Harvard ha institucionalizado esta visión a través de su endowment, un patrimonio construido a lo largo de generaciones gracias a aportaciones destinadas a sostener su misión presente y futura.Y no hace falta mirar únicamente al mundo anglosajón.
La Universidad de Navarra lleva años desarrollando una cultura de colaboración alrededor de su proyecto educativo. Programas como Becas Alumni permiten que antiguos alumnos, empresas, amigos e instituciones contribuyan a generar oportunidades para nuevas generaciones de estudiantes.
IESE entiende igualmente la vinculación de sus Alumni de una manera amplia. Contribuir puede significar apoyar una beca o un proyecto, pero también ejercer como mentor, compartir experiencia profesional, facilitar oportunidades, aportar conocimiento o poner relaciones al servicio de la institución.
Son instituciones muy diferentes entre sí. Pero detrás de todas ellas existe una misma convicción: la continuidad de una misión educativa puede convertirse en un compromiso compartido por toda su comunidad. Ahí comienza una verdadera cultura de fundraising en educación.

Mucho más que captar fondos

Traducimos habitualmente fundraising como «captación de fondos». La traducción es correcta, pero se queda corta para explicar lo que significa realmente en una institución educativa. Porque una cultura de fundraising habla, ante todo, de pertenencia, compromiso, confianza y legado. Habla de una comunidad capaz de mirar más allá del presente y preguntarse qué institución quiere construir para dentro de diez, veinte o cincuenta años.

¿Qué proyectos debemos comenzar ahora? ¿Qué oportunidades queremos ofrecer a nuestros alumnos? ¿Qué talento queremos atraer? ¿Qué espacios necesitaremos? ¿Qué iniciativas queremos impulsar? ¿Qué impacto queremos tener en la sociedad? Y, sobre todo, ¿qué comunidad queremos construir alrededor de esa misión?

Desde esta perspectiva, el fundraising adquiere una dimensión mucho más amplia. Es una forma de expresar el compromiso con una misión y la voluntad de participar en su futuro. Colaboro porque creo en su misión y quiero formar parte de lo que todavía está por construir.

Una idea especialmente oportuna después de 75 años

Esta reflexión adquiere un significado especial para Gaztelueta precisamente ahora. Cumplir 75 años invita inevitablemente a mirar hacia atrás. A recordar personas, momentos, decisiones y acontecimientos que han ido construyendo nuestra historia. Pero quizá un aniversario tenga todavía más sentido cuando nos obliga a mirar hacia delante.

Los antiguos alumnos son un elemento determinante para el fundraising

Porque una institución educativa no recibe su legado únicamente para conservarlo. Lo recibe para hacerlo crecer y transmitirlo. Y cada generación tiene, de alguna manera, la responsabilidad de preguntarse qué puede aportar para que la misión que recibió continúe desarrollándose en el futuro.

Gaztelueta nació hace 75 años gracias a personas que creyeron en un proyecto educativo cuando todavía estaba por construir. Familias, profesores y amigos que compartieron una aspiración: crear un colegio que acompañara a las familias en la educación de sus hijos, buscando la excelencia académica y humana desde una identidad cristiana. Aquellas personas construyeron para quienes vendrían después. Y nosotros somos, en buena medida, quienes hemos recibido aquel legado.

Muchas maneras de construir

Entender así el fundraising supone también ampliar nuestra concepción de lo que significa contribuir.

Una comunidad educativa posee un enorme patrimonio de conocimiento, experiencia, relaciones, capacidad profesional, tiempo, talento y recursos. Un antiguo alumno puede acompañar a un estudiante que comienza su trayectoria profesional. Una familia puede aportar conocimiento especializado. Una empresa puede impulsar un proyecto educativo. Una fundación puede ayudar a desarrollar una iniciativa. Un profesional puede abrir una puerta que permita establecer una colaboración y una persona puede decidir apoyar un proyecto concreto porque comparte su propósito y quiere contribuir a hacerlo realidad.

La identidad de Gaztelueta permite establecer un vínculo de compromiso con el fundraising

Todas son formas de contribuir. Todas expresan pertenencia. Por eso quizá la pregunta verdaderamente importante no sea cuánto aporta una comunidad, sino hasta qué punto esa comunidad siente que el futuro de la institución también le pertenece.

De haber estado a seguir estando

Esto adquiere una dimensión especialmente significativa cuando hablamos de antiguos alumnos. Terminar los estudios no tiene por qué significar terminar la relación con un colegio.

Con el tiempo, esa relación cambia. Uno deja de ser alumno, pero puede seguir formando parte de la comunidad. Puede volver como padre, como profesional, como mentor, como colaborador, como amigo. Como alguien dispuesto a poner su experiencia al servicio de quienes vienen detrás.

Hay una diferencia importante entre decir «yo estudié allí» y decir «yo sigo formando parte de aquello». En esa diferencia reside buena parte de la fortaleza de las instituciones que perduran. El sentimiento de pertenencia no consiste únicamente en recordar con cariño lo que uno recibió, también puede traducirse en la voluntad de contribuir a que otros puedan recibirlo.

Primero recibimos. Después tenemos la oportunidad de aportar. Y así comienza de nuevo el ciclo con la siguiente generación.

La confianza como patrimonio

Nada de esto puede construirse sin confianza. Una comunidad se compromete con una institución cuando conoce su misión, comprende hacia dónde se dirige y confía en quienes tienen la responsabilidad de gobernarla.Por eso desarrollar una cultura de fundraising supone también una exigencia para la propia institución. Exige explicar, escuchar, compartir proyectos, rendir cuentas, ser transparente, agradecer y, especialmente, mantener una relación con las personas porque forman parte de una comunidad que comparte un propósito.

La confianza de las familias en el proyecto fundamentan su compromiso con el fundraising

La confianza es probablemente uno de los patrimonios más importantes que puede acumular una institución educativa a lo largo de los años. Y 75 años de historia suponen también 75 años construyendo relaciones, vínculos y confianza.

El Gaztelueta que todavía no existe

Este aniversario encuentra a Gaztelueta en un momento especialmente significativo. Celebramos nuestra historia mientras estamos construyendo nuestro futuro.

La evolución de nuestro proyecto educativo, la incorporación del Programa de la Escuela Primaria del Bachillerato Internacional, Gaztelueta Global School, los nuevos espacios y los proyectos que estamos impulsando forman parte de una misma aspiración: seguir ofreciendo a las familias una educación capaz de responder a los desafíos de cada época sin perder aquello que constituye nuestra identidad.

Las próximas generaciones de alumnos disfrutarán del Gaztelueta del futuro gracias al apoyo del fundraising

No se trata simplemente de crecer. Se trata de transmitir. De preguntarnos qué necesita hoy Gaztelueta para seguir cumpliendo mañana la misión para la que nació. Porque la fidelidad a una misión no consiste en reproducir exactamente lo que hicieron quienes nos precedieron. Consiste en preguntarnos qué debemos hacer nosotros, en nuestras circunstancias, para mantener viva aquella misma aspiración.

Cada época plantea desafíos diferentes, por eso una institución viva nunca está completamente terminada. Siempre queda algo por construir.

Construir para quienes todavía no conocemos

Tal vez esta sea una de las reflexiones que merece la pena hacer precisamente ahora. Durante este aniversario hablaremos mucho de quienes estuvieron antes que nosotros y tenemos muchos motivos para hacerlo.

Pero quizá la mejor manera de agradecerles lo que hicieron sea adoptar la misma actitud que ellos tuvieron. Mirar hacia delante. Pensar en personas que todavía no conocemos. En alumnos que quizá todavía no han nacido, en familias que llegarán dentro de veinte o treinta años, en profesores que algún día continuarán el trabajo que otros comenzaron. Y preguntarnos qué Gaztelueta queremos entregarles.

Eso es, en el fondo, construir una cultura de fundraising: convertir la misión de una institución en un compromiso compartido con su futuro.

Entender que aquello que hemos recibido es también un legado que estamos llamados a transmitir.

Otros hicieron posible el Gaztelueta que hoy disfrutamos y nuestra generación le corresponde hacer posible el Gaztelueta que otros recibirán mañana.