Hoy es actualidad un joven que recoge uno de los mayores reconocimientos del fútbol mundial y dedica su momento de gloria a hablar de los demás. De sus padres, de su novia, de sus amigos y de sus compañeros. Unai Simón recibe el Trofeo Yashin y convierte su discurso en un agradecimiento a quienes le han ayudado a ser quien es. En unos minutos, deja una reflexión que merece permanecer mucho más tiempo que los titulares de la gala.
Importan sus palabras y también su manera de pronunciarlas. La calma, la naturalidad, la emoción contenida. Esa serenidad con la que va dando a cada persona su lugar permite escuchar con atención un mensaje sencillo y profundo: detrás de un logro personal hay muchas vidas que lo hacen posible.
La serenidad de quien sabe lo que importa
En un mundo como el del fútbol, donde a menudo se proyecta una imagen superficial y ostentosa del éxito, sus palabras adquieren un valor especial. Frente a referentes que invitan a los jóvenes a exhibir su intimidad, banalizar las relaciones personales o medir su felicidad por lo que poseen, Unai Simón pone el foco en la gratitud, la amistad y el cariño de su familia. Y lo hace con una serenidad que refuerza su mensaje: la madurez de quien sabe reconocer lo que de verdad tiene valor.
Hay algo especialmente educativo en esa forma de estar. Los jóvenes aprenden de los discursos, pero también de los gestos, del tono y de las actitudes de quienes admiran. Encontrar a un deportista capaz de vivir un momento así con humildad ofrece una referencia valiosa sobre cómo afrontar el reconocimiento.
Se puede aspirar a lo más alto, trabajar para conseguirlo y conservar la sencillez. Se puede destacar y seguir reconociendo cuánto necesitamos a los demás.
La familia y los amigos que nos sostienen
Simón comienza recordando los principios y valores recibidos en su familia. Agradece a su novia la tranquilidad que le aporta y a su cuadrilla de la infancia su ayuda para mantener los pies en la tierra.
Es una manera hermosa de reconocer lo que sostiene una vida. Personas que nos conocen desde antes de los aplausos, que nos acompañan cuando las cosas se complican y cuyo cariño permanece al margen de los resultados.
La amistad tiene mucho de eso: compartir alegrías, escuchar, decir una verdad incómoda cuando hace falta y estar disponible. Los buenos amigos nos ayudan a mirar nuestra vida con perspectiva y a recordar quiénes somos.
También la gratitud requiere aprendizaje. Supone detenerse y descubrir el tiempo, los esfuerzos y las renuncias que otros nos han dedicado. Saber dar las gracias revela una mirada justa sobre la propia historia.
Por la parte que nos toca como colegios, estas palabras animan a seguir trabajando. Cabe pensar que también habrá quedado en él algo de su paso por Urdaneta: conversaciones, ejemplos y aprendizajes que se suman a lo recibido en casa. Quienes educamos confiamos precisamente en esa huella discreta que, con los años, puede hacerse visible en la manera de vivir.
Competir y ser buenos compañeros
En un momento de reconocimiento individual, Unai Simón tiene presentes a sus entrenadores y compañeros. Comparte con ellos el mérito y reconoce lo que le han aportado.
Ese gesto expresa una de las grandes posibilidades educativas del deporte. Competir exige esfuerzo, disciplina y ambición; formar parte de un equipo exige, además, generosidad. Hay que aprender a alegrarse por el acierto de otro, apoyar a quien atraviesa un mal momento y seguir aportando cuando toca ocupar un segundo plano.
El deporte puede ser una extraordinaria escuela de valores cuando hay una intención educativa que lo acompaña. La constancia se ejercita al acudir a entrenar cuando cuesta. La humildad, al aceptar una corrección. La responsabilidad, al reconocer un error. El compañerismo, al acercarse al que acaba de fallar.
Son situaciones pequeñas, repetidas muchas veces, que van formando el carácter. Para aprovecharlas hacen falta entrenadores que sepan educar y familias que valoren la conducta con la misma atención con la que celebran una buena jugada.
Desde la banda también se enseña. Con lo que aplaudimos, con nuestra reacción ante una derrota y con el respeto que mostramos al árbitro y al rival.
Lo que queda cuando termina el partido
El recuerdo de Koldo Asua lleva el discurso a su reflexión más profunda. Simón agradece haber aprendido de él a valorar el legado que dejamos y la importancia de ser reconocidos como buenas personas y buenos compañeros, más allá de los títulos.
Es una idea que merece acompañar a nuestros hijos y alumnos. Sus capacidades les abrirán caminos; su manera de tratar a los demás dará forma a la huella que dejen en ellos.
Esa huella se construye al cumplir un compromiso, asumir una dificultad o ayudar sin esperar reconocimiento. También al saber pedir perdón y al cuidar a quienes tenemos cerca.
Una educación excelente debe ayudar a desarrollar el talento y, al mismo tiempo, enseñar a ponerlo al servicio de los demás. El esfuerzo adquiere una dimensión más profunda cuando contribuye al bien de un equipo, de una familia o de una comunidad.
Los influencers que necesitamos
Los jóvenes necesitan personas a las que admirar y buenas razones para hacerlo. El alcance de un deportista de primer nivel convierte sus palabras y sus actitudes en una oportunidad educativa enorme.
Necesitamos influencers que hagan atractivas la gratitud, la lealtad y la humildad. Personas que cuiden sus vínculos y sepan reconocer a quienes les han ayudado a crecer. Referentes cuya ambición conviva con el respeto y la generosidad.
El discurso de Unai Simón ofrece una buena ocasión para conversar en casa y en el colegio. Sobre la amistad, el éxito, la familia y el tipo de persona que cada uno quiere llegar a ser.
En Gaztelueta, sus palabras nos recuerdan el sentido de una tarea cotidiana y paciente: acompañar a cada alumno para que desarrolle sus capacidades y aprenda a vivir con los demás.
Quizá podamos empezar esa conversación con una pregunta sencilla: si hoy recogiéramos un premio, ¿a quiénes tendríamos que dar las gracias?