Ante la creciente presencia de Halloween en nuestra sociedad, las familias cristianas tenemos una oportunidad para recuperar el sentido de una de las celebraciones más hermosas de nuestra fe.

Cada año, cuando se acerca el final de octubre, nuestras calles, comercios y colegios se llenan de calabazas, esqueletos, fantasmas y disfraces terroríficos. Halloween ha adquirido una presencia cada vez mayor en nuestro entorno. Los niños hablan de sus disfraces, se organizan fiestas y las campañas comerciales convierten el 31 de octubre en una fecha esperada. Mientras tanto, la solemnidad de Todos los Santos, que la Iglesia celebra el 1 de noviembre, corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano, como si se tratara simplemente de un día festivo en el calendario.

No estamos ante una cuestión de disfraces o caramelos. La pregunta es más profunda: ¿qué estamos celebrando realmente y qué queremos transmitir a nuestros hijos?

Todos los Santos: una fiesta de alegría, esperanza y vida

La fiesta de Todos los Santos tiene una tradición de muchos siglos. En ella, la Iglesia celebra a todos aquellos hombres y mujeres que han llegado al cielo: los santos canonizados, cuyos nombres conocemos, y esa multitud innumerable de personas que, habiendo vivido cerca de Dios, participan ya de su felicidad. Es una fiesta de alegría, esperanza y vida. Nos recuerda que nuestra existencia tiene un destino eterno y que la santidad no está reservada a personas extraordinarias, sino que es una llamada dirigida a todos.

Frente a este mensaje, la celebración comercial de Halloween sitúa en primer plano una estética relacionada con el miedo, la muerte, los monstruos y lo terrorífico. Es cierto que su historia es compleja y que hasta su nombre procede de All Hallows‘ Eve, la víspera de Todos los Santos. También es verdad que muchas familias participan en Halloween como una diversión infantil, sin atribuirle ningún significado contrario a la fe. Sería injusto pensar que detrás de cada disfraz hay una intención de rechazar el cristianismo.

Sin embargo, el problema aparece cuando una celebración importada y fuertemente comercializada termina eclipsando una fiesta profundamente arraigada en nuestra tradición cristiana. Nuestros hijos pueden llegar a conocer perfectamente los personajes de Halloween y, en cambio, desconocer quiénes fueron san Francisco de Asís, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola o santos más modernos como la madre Teresa de Calcuta, san Juan Pablo II, san Josemaría o san Carlo Acutis. O incluso desconocer los santos cuyos nombres llevan.

Esta sustitución cultural merece una reflexión. La descristianización de la sociedad no se produce únicamente mediante el rechazo explícito de la religión. También avanza cuando las costumbres cristianas van perdiendo su contenido, cuando las fiestas religiosas dejan de celebrarse como tales y cuando las nuevas generaciones crecen sin conocer el significado de las tradiciones que recibimos de nuestros mayores. No es necesario atribuir a Halloween un propósito organizado de descristianización para reconocer que su predominio puede contribuir a ese desplazamiento.

La fe también se transmite en lo que celebramos

Y aquí las familias cristianas tenemos una responsabilidad que no deberíamos delegar.Educar en la fe no consiste solamente en enseñar unas oraciones, acudir a misa o transmitir determinadas normas de conducta. También implica crear un ambiente familiar en el que las celebraciones cristianas tengan vida, resulten atractivas y se vivan con naturalidad. Si nuestros hijos comprueban que Halloween se prepara durante semanas, mientras Todos los Santos pasa casi inadvertido en casa, entenderán, aunque nadie se lo explique, cuál de las dos celebraciones ocupa realmente un lugar importante.

No podemos lamentarnos de que las tradiciones cristianas desaparezcan si nosotros mismos dejamos de celebrarlas.La respuesta, sin embargo, no debería limitarse a prohibir Halloween o a criticar a quienes participan en él. Una educación cristiana positiva necesita ofrecer algo mejor. Podemos explicar a nuestros hijos por qué celebramos Todos los Santos, contarles historias de personas que supieron amar a Dios y a los demás, descubrirles que entre los santos hay niños, jóvenes, padres y madres de familia, trabajadores y personas de toda condición.

Cómo vivir Todos los Santos en familia

Podemos recuperar la costumbre de celebrar especialmente ese día, acudir juntos a misa, hablar de los santos de nuestra familia, conocer la vida de nuestros patronos o dedicar un momento a recordar a quienes nos han precedido en la fe. También podemos organizar encuentros infantiles en torno a los santos, con juegos, representaciones y actividades que permitan a los niños descubrir que la santidad tiene mucho más que ver con la alegría que con la tristeza.

No se trata de sustituir una moda por otra, ni de competir con Halloween copiando sus métodos. Se trata de devolver a Todos los Santos el lugar que merece en la vida familiar.

Una mirada de esperanza ante la vida y la muerte

Hay, además, un aspecto que no deberíamos perder de vista. La solemnidad de Todos los Santos precede inmediatamente a la conmemoración de los fieles difuntos, el 2 de noviembre. Ambas celebraciones expresan una manera profundamente cristiana de comprender la vida y la muerte. Recordamos con cariño y rezamos por quienes han fallecido, pero lo hacemos desde la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Ante una sociedad que con frecuencia evita hablar de la muerte o la convierte en un motivo de entretenimiento, la fe cristiana ofrece una respuesta llena de esperanza: nuestra vida no termina en el sepulcro.

El Evangelio de las bienaventuranzas, que se proclama en la misa de Todos los Santos, nos presenta además un ideal de vida que merece ser transmitido a nuestros hijos: la humildad, la misericordia, la limpieza de corazón, el deseo de justicia y el trabajo por la paz. Los santos son personas que han tratado de vivir ese Evangelio en sus circunstancias concretas, con sus dificultades y limitaciones.

 

 

Por eso, celebrar Todos los Santos también es recordar a nuestros hijos que ellos están llamados a ser santos. No cuando sean mayores ni cuando realicen cosas extraordinarias, sino ahora, en su familia, en el colegio, con sus amigos, en el estudio, en el juego y en los pequeños detalles de cada día.

Educar con criterio, también a contracorriente

Las familias cristianas no tenemos por qué aceptar sin más todas las modas que llegan a nuestro entorno. La apertura a otras culturas es compatible con el criterio para decidir qué tradiciones queremos incorporar a nuestra vida y cuáles deseamos conservar y fortalecer. La educación exige, en ocasiones, saber ir contracorriente, explicar nuestras decisiones y mantenerlas con serenidad, incluso cuando lo más fácil sería hacer lo mismo que todos.

No se trata de que nuestros hijos vivan enfrentados a Halloween, sino de que sepan por qué para nosotros Todos los Santos es una fiesta mucho más importante.

Las tradiciones se mantienen cuando se viven

Quizá el verdadero desafío no sea conseguir que haya menos calabazas o menos disfraces en nuestras calles, sino lograr que haya más familias que celebren con ilusión el día de Todos los Santos. Que nuestros hijos conozcan la vida de los santos, que se sientan orgullosos de su fe y que descubran que seguir a Jesucristo es un camino posible y alegre.

Porque las tradiciones cristianas no se conservan únicamente defendiendo su importancia con palabras. Se mantienen cuando los padres las viven, las celebran y las transmiten a sus hijos.Y el 1 de noviembre tenemos una ocasión especialmente buena para hacerlo.

D. Fernando de Andrés. Capellán de Gaztelueta

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